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La revolución de la inteligencia artificial frente a una agricultura y un clima cambiantes

Columna de opinión para Diario La Discusión.

La inteligencia artificial, más conocida como IA, atraviesa una expansión sin precedentes. En 2025, el 88% de las organizaciones encuestadas declaró usarla, frente al 55% dos años antes. La IA generativa alcanzó, además, un 53% de adopción en solo tres años, más rápido que Internet o el computador personal. La pregunta es cómo aprovecharla y, en Ñuble, hay dos frentes donde puede marcar una diferencia, la producción agrícola y la gestión del agua.

En agricultura, el cambio ya es visible. La inversión mundial en aplicaciones de IA pasó de US$700 millones en 2019 a más de US$2.400 millones proyectados para 2025, según el Observatorio para la Innovación Agraria. Sus aplicaciones incluyen el uso de sensores de humedad del suelo, drones e imágenes satelitales para monitorear cultivos y apoyar decisiones de riego. En Ñuble, usar mejor el agua y los insumos tiene consecuencias productivas y ambientales directas.

El otro frente es el clima. La megasequía mostró nuestra vulnerabilidad frente a años de escasez hídrica, pero los últimos años también han mostrado la otra cara, con lluvias intensas, desbordes de ríos y deslizamientos. Parte de esta variabilidad responde a fenómenos naturales recurrentes como El Niño y La Niña, que pueden favorecer condiciones más húmedas o secas. Esta variabilidad ocurre sobre un clima que también cambia por la actividad humana. Debemos estar preparados tanto para la falta de agua como para su exceso.

La buena noticia es que hoy contamos con la IA como una herramienta capaz de aprovechar fuentes de datos cada vez más diversas y accesibles sobre el clima, el territorio y los recursos hídricos. Su capacidad para integrar grandes volúmenes de información e identificar patrones difíciles de reconocer por otros medios abre nuevas posibilidades para anticipar escenarios y apoyar decisiones sobre producción, agua y riesgos.

Desde la Facultad de Ingeniería Agrícola de la Universidad de Concepción trabajamos en estos desafíos, mejorando pronósticos hidrometeorológicos para Chile y desarrollando herramientas para anticipar la disponibilidad y los riesgos asociados al agua. Pero más tecnología no significa prescindir del conocimiento experto. La IA puede procesar enormes cantidades de información en segundos, pero también puede equivocarse. No reemplaza a un profesional que conoce el territorio, comprende los procesos físicos y ambientales y sabe cuándo un resultado no tiene sentido.

Aquí las universidades tienen un desafío. La IA puede ser un arma de doble filo. Delegar tareas puede hacernos más eficientes, pero delegar el análisis y la capacidad de decidir sería un retroceso. Debemos enseñar a usarla sin renunciar a pensar. En Ingeniería Civil Agrícola e Ingeniería Ambiental esto cobra especial importancia, porque sus decisiones involucran la producción, el agua, los recursos naturales, los ecosistemas y la seguridad de las personas.

Ñuble tiene la oportunidad de aprovechar esta transformación. Su vocación agrícola y sus desafíos hídricos obligan a innovar. La IA puede ayudarnos a producir mejor y anticiparnos a un clima cambiante, pero no debe reemplazar nuestra capacidad de comprender, cuestionar y decidir.

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